lunes, 20 de marzo de 2017

Confesión de una nutricionista que, antes que nutricionista, es humana.

Personalmente, creo que entender la nutrición únicamente desde el punto de vista alimentario es una impresión incompleta, totalmente insuficiente y escasa. ¿Por qué?
Alimentarse bien es un signo inequívoco de amor propio, de respeto y cuidado hacia uno mismo. Alguien que no se quiere no va a alimentarse bien, o al menos no de forma sostenida en el tiempo. Sólo una persona que se tiene en verdadera consideración invertirá realmente ese tiempo necesario en tratarse como merece, en nutrir su cuerpo, su mente y su alma. En dedicarse tiempo de cuidado a todos los niveles. Nutrirse en esencia.
No te puedes querer a medias. O te quieres, o no. De modo que no tiene sentido intentar alimentarte bien al tiempo que te maltratas o abandonas en otros aspectos fundamentales de la vida.





Además del concepto estricto de alimentación, hay otras dimensiones humanas, de gran importancia, y que nutren en esencia.

El conocimiento (filosofía), el que aporta esa sensación de crecimiento y plenitud, nutre.

Las relaciones humanas (y no humanas), aquellas relaciones naturales y sinceras que se establecen en sintonía, nutren también.
La conexión con la naturaleza, nuestra naturaleza al fin y al cabo, es extraordinariamente nutritiva. Es la vuelta a nuestras raíces, al lugar que siempre fue nuestro hogar. Es el entorno al que pertenecemos y del que en un determinado momento, por pretextos secundarios, acabamos desconectando. La naturaleza nos proporciona los alimentos que nos mantienen con vida. ¿Hay algo más fructífero y nutritivo que eso?

Entendiendo como nutritivo todo aquello que aporta bienestar, integridad, plenitud, equilibrio, crecimiento personal… Aquello que mima y suma.
La nutrición en sí misma, si es realizada con cariño y de forma consciente, como un acto de amor y cuidado propio, resulta definitivamente más sanadora y nutritiva que el proceso de alimentarse, estrictamente en su dimensión más fisiológica.



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